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Los perros callejeros constituyen una de las realidades más tristes de la Costa Atlántica. No por ellos, claro: siempre están dispuestos a jugar y a dar una muestra de cariño a quienes los tratan con respeto. Lo que revela su presencia en las calles, sin embargo, es el abandono al que los someten muchos seres humanos, quienes los dejan a la deriva sin ningún tipo de remordimiento.
Por fortuna, son muchos los vecinos de La Costa que asisten a estos perros, dejando platos con comida y envases con agua en las veredas o plazas. Tampoco faltan, claro, quienes adoptan algún ejemplar.

Las autoridades hacen su aporte con campañas de concientización y castraciones gratuitas, aunque se necesitan medidas de fondo (como la construcción de un hospital veterinario y un albergue que sean públicos).

Dar a un perro callejero un puñado de alimento balanceado o unos retazos de carne que no vamos a comer no nos cuesta nada y nos permite demostrar que la Humanidad aún conserva algo de sensibilidad y espíritu solidario hacia los más débiles.

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